Cuba existe más allá de La Habana y Varadero, los dos destinos donde se concentran la mayor parte de los turistas que llegan a la gran isla del Caribe. Si uno se adentra en sus ciudades, descubrirá todo un mundo escondido de un pasado aristocrático, de gente alegre, de paisajes desbordantes, de una vida que transcurre al ritmo de un tiempo que ya no existe en el resto de occidente. Desde La Habana a Matanzas y desde allí a una afrancesada Cienfuegos para llegar a Trinidad por carreteras que transcurren entre paisajes de una naturaleza envidiable Un aire cálido y húmedo enfatiza el verde intenso que envuelve todo.

El sur de la isla es más abrupta y envuelve entre montañas la mayor parte de las poblaciones que se abren sobre un mar que se extiende hasta el horizonte. El centro peatonal de Trinidad se preserva intacto un casco histórico que muestra sus viejas mansiones señoriales como si de un museo se tratará para como testigo de la historia, mostrar a sus visitante su brillante pasado colonial y aristocrático que a principios del Siglo XX situó a Cuba como uno de los países con mejor calidad de vida del mundo.

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El ronroneo de los viejos motores de esos fabulosos coches americanos, auténticas piezas de museo, que aún siguen rodando en la isla; dejan su espacio al repiqueteo de los cascos de los caballos cuyo eco resuena multiplicado en la tranquilidad del centro de Trinidad cuyo ritmo se asimila más a un pueblo del Siglo XIX. Cuba es una continua reminiscencia del pasado, como ejemplo la vieja locomotora de vapor, una máquina para coleccionistas, acerca a los turistas hasta las cercanas plantaciones de azúcar, en el llamado Valle de los Ingenios.

Trinidad es grande en su simplicidad, por supuesto no tiene la importancia ni la monumentalidad de La Habana ni de cualquiera de las otras grandes ciudades fundadas por España en América, pero tiene el encanto especial de la sencillez de sus casas de color pastel, la catedral y el convento de San Francisco. Sobre la ciudad sobresale el campanario de color amarillo claro, que sirve de faro y guía y desde el cual se obtiene unas vistas de la ciudad sólo comparables a las que se disfrutan desde la colina de la ermita de Nuestra Señora de la Candelaria, para ver toda la ciudad y el litoral.

Trinidad se pasea sin rumbo lo que permite entablar largas conversaciones con los locales, gente sencilla que lleva una vida tranquila y pausada en la que el tiempo no se mide en horas sino por los cigarros que se fuman a lo largo del día. Si quiere hacer como los cubanos, puede acercarse a la diminuta fábrica de tabaco que se encuentra junto al Hotel Ronda, en la esquina de la calle Colón. Allí se secan las hojas, se lían y se vende. Pocos placeres se pueden asemejar al de invitar a un cigarro que sirva como excusa para comenzar una conversación que se prolongue hasta el atardecer y mojarla con un trago de ron.

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En la Casa de la Música siempre hay gente bailando salsa ¡Anímese! En el Hotel Las Cuevas tómese unos mojitos, los hacen muy bien. En la Canchánchara, una mansión del XVIII, ron y zumo de limón con un chorrito de miel. Para comer nada como los paladares. Estela con su agradable jardín, muy rico el plato tradicional cubano ‘ropa vieja’ y buen pescado fresco a la plancha. Para dormir dos opciones: el clásico Grand Hotel u hospedarse en la casa de algún vecino que puede encontrar sobre la marcha. Acérquese hasta las playas de Bahía Casilda para hacer ‘snorkel’.

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