Su arte universal, incomparable e inmortal; sus delicados paisajes de suaves colinas, cipreses verticales e interminables viñedos, hileras de olivos, y una gastronomía excepcional hacen de la Toscana un sitio único en el mundo. Campos de tierra rojiza, pisados por peregrinos que durante siglos enriquecieron la ciudad al repostar aquí, en su camino a Roma. En otoño, apenas recupera el aliento, tras un verano de mareas y oleadas de turistas que todo lo invaden.

Sobre tres colinas, escalonadamente, tras la muralla, se alza un mar de techumbres de teja rojiza, que esconde tesoros medievales. Callejones unidos por arcadas que unas veces parecen unir y otras separar las casas a uno y otro lado de la calle; farolas ancladas en las paredes de hogares que han visto pasar la historia;  plazoletas que se van abriendo tras una sucesión de callejuelas acotadas por casas de piedra. Contraventanas de color verde, abiertas sobre fachadas ocres y rojizas; sorprendentes hornacinas que aparecen de repente, mostrando una pequeña estatuilla, una imagen o una fuentecilla.

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La Universidad que se fundó en el siglo XIII, atrajo cultura y saber y un siglo después, los primeros bancos atrajeron riqueza y poder. Hoy turística y comercial, entre cafés, terrazas y restaurantes; sobresalen tiendas de cerámica repletas de colorido y gran calidad.

Recorrer la ciudad para encontrar las estelas  y escudos de los 17 distritos de la ciudad, que dos veces al año, se retan y disputan, el Palio, la famosa carrera de caballos en la plaza del Campo. Inmensa,  amplia, inclinada, desnuda y abierta;  atrae hacia su caprichosa forma de concha o abanico, la vida de la ciudad como antes lo hacían los viejos conductos de agua, cuya huella permanece en la fuente de Gaia. Esbelta y sencilla, la torre del Mangia, una de las más altas de Italia, vigila el Palazzio que abre las puertas de sus sótanos, permitiendo que la plaza penetré en su interior.

El Duomo, de fachada casi blanca, impoluta y esplendida. Sobre una primera fase románica, despliega un gótico desbordante y estilizado. Sorprendentemente combina trazos de estilo bizantino en el  decorado blanco y negro  de sus arcos y columnatas. Una nave profunda que se convierte en luz ante el poderoso resplandor que entra por la cristalera del rosetón sobre el altar, como queriendo afirmar la presencia divina. Un suelo de impresionantes mosaicos que solo se muestran al público desde mediados de agosto hasta final de octubre.  Miguel Angel, Bernini y Donatello, enriquecieron la catedral legando algunas de sus mejores obras. Grandiosa cúpula, con cuarterones pintados y un púlpito de mármol con bajorrelieves de delicadeza inigualable compiten en belleza con la biblioteca  ¡una explosión de color inigualable!  Enfrente, un gran palacio, antiguo hospital de la ciudad durante casi un milenio, hoy restaurado y reconvertido en museo.

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Trufas, setas y buen aceite de oliva, prestan sus aromas a la rica cocina tradicional Toscana. Su  lema: “Cocinar como tu madre esta bien, pero como tu abuela mejor”  es un seguro a la hora de sentarse a la mesa.  Osteria Le Loge, acogedora decoración interior y cocina vista. Pide la mesa entre el aparador de libros y el de vinos. Ostería Da Divo, comedores en cuevas excavadas por los etruscos hace más de 2.000 años. Ostería di Italie, trattoria de cocina casera y a buen precio. Il Carraccio pequeño y encantador.

Dormir en el Gran Hotel Continental, un hotel con el encanto de un viejo palacete, muy bien situado en el centro de la ciudad

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