El alma de Cuba se sitúa en el oriente de la isla, cuna del son y del bolero, de donde surge el espíritu alegre y abierto de sus gentes. En Santiago se es feliz, ¿será por el son y el ron?

Flanqueada y al abrigo de las estribaciones de Sierra Maestra, Santiago se vuelca a una bahía cristalina donde siglos después de que los españoles hubieran levantado uno de los primeros asentamientos en el Nuevo Mundo, libraron una última batalla, rindiendo la isla con honor. El Castillo del Morro, fue una gran fortaleza y hoy es Patrimonio de la Humanidad.

Bahía de Santiago. digitaltemi 1

Santiago es una ciudad de provincias, tranquila y sosegada, pero que deja escuchar las viejas y ruidosas reliquias de dos ruedas que bajan las callejuelas del centro haciendo ronronear sus motores. Al mismo tiempo camionetas desvencijadas por el paso del tiempo, hacen sonar de forma estridente el claxon para abrirse paso por el centro de Santiago entre preciosos y elegantes autos americanos que hace 40 años se conducían orgullosos y hoy ruedan disimulando el esfuerzo que les supone recorrer unas cuadras.

Santiago de Cuba

Un cielo azul y profundo echa raíces sobre las fachadas de color pastel de algunas casas, huecas y desechas por dentro, que ya solo cobijan un pasado que debió ser esplendoroso. Por la acera de la sombra pasean contoneando sus caderas auténticas esculturas de ébano. Al voltear cualquier esquina, se escuchan grupos de músicos callejeros marcando el ritmo al que se mueve toda la ciudad. En Santiago abundan los puestos callejeros de comida, donde picar algo de pescado y ostiones, así como exquisita fruta tropical y verdura que posan perfectamente alineadas y ordenadas sobre el estante.

Árboles y palmeras, exuberantes y frondosos de intenso color verde escapan hacia el cielo entre mansiones de piedra que pertenecen a otra época. En la puerta de alguna mansión, bajo el porche, una mecedora vieja chirría mientras se mece acompasadamente, adelante y atrás, adelante y atrás. Junto a algunas ventanas adornadas con flores, se tiende la ropa a secar. Fachadas en las que se reflejan una mezcla de pasado orgulloso y dignidad medida en el presente.

Santiago de Cuba

Las palmeras y los árboles plantados en la Plaza Dolores dan sombra a hombres mayores que cubiertos con gorra de béisbol juegan interminables partidas de dominó. Apoyan las fichas en pequeños atriles ante la mirada atenta de otros tantos y dejan su ficha sobre el tapete suavemente, de forma muy diferente a como se hace aquí.

La vida palpita en Santiago entre La Alameda, la calle del reloj, Enramadas y San Felix; y junto a las empinadas escalinatas del Padre Pico, que dan acceso al santiaguero barrio de Tivoli; entre la avenida José Martí y 24 de febrero.

Santiago de Cuba

Pasear por el parque Céspedes y visitar la catedral levantada hace 400 años. Es sencilla, sin pretensiones, pero compacta y recia como sus gentes. Acerquese a la casa de Diego Velázquez, fundador de la ciudad, que pasa por ser la más antigua de la isla. Encalada y algo deslucida pero con un bonito interior adornado por un patio y un antiguo pozo de agua, se debe visitar para notar, sentir y descubrir el pasado colonial de la ciudad.

En la Casa de la Trova, se toca son, pegadizo y rítmico Algún caballero, entrado en años que viste guayabera inmaculada y sombrero estilo Panamá, baila de forma absolutamente elegante. Niñas con lazos que adoran coletas y moños imposibles, asisten a la escuela que presiden fotos de Fidel y del Che.

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Se ven varias terrazas abiertas a la calle y gente sentada en los bancos de madera y granito mientras se charla sobre lo divino, el béisbol; y lo humano, el amor. Desde la terraza del hotel Casa Granda, con un mojito en la mano, se abre la vista sobre el horizonte y la sierra.

El santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, Cachita, para los cubanos, se levanta alejada de Santiago entre unas colinas próximas. Se puede ir en autobús y alojarse en la hospedería que se encuentra a espaldas del santuario.

Dormir en Santiago

En el hotel Casa Granda, una barra de madera recia y elegante, una terraza amplia y fresca y un ron añejo, mientras disfruta del ritmo calmado de la vida santiaguera. ¡Es todo lo que se necesita!

Desayune en la terraza sobre los tejados de la ciudad.

Para comer,

Paladar Las Gallegas una casa típica regentado por dos hermanas. Se come bien. Pedir una de las mesas al lado del balcón para ver la gente pasar.

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