Cuando uno sale de la vieja Europa y llega a África, las dimensiones se multiplican, los espacios se hacen inabarcables, los horizontes se persiguen sin éxito, las extensiones se hacen más abiertas. La naturaleza en general, se muestra sin domesticar, tal y como es, libre y salvaje. En Namibia el cielo se hace infinito y tanto la luna cuando sale, como el sol cuando se pone, se muestran en todo su esplendor y registran una paleta de colores llameantes inexistentes en el viejo mundo. Un aire seco que brota del interior contrasta con las brisas que soplan desde el océano para refrescar el calor sofocante que mana del desierto.

Namibia es un país de contrastes, es una tierra de sensaciones que guarda el alma del África negra pero con la personalidad definida que han heredado de los antiguos colonos llegados desde una lejana Baviera. Es tierra de un océano que esconde esqueletos de barcos hundidos que refuerzan la imagen de un mar bravo que ha ido dejando armazones de navíos varados en la orilla, y que la carcoma y el salitre han ido deshaciendo hasta confundirlos con los esqueletos de algunos grandes cetáceos que han ido a morir también a la orilla.

David Su. Flickr.com

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África es una tierra milenaria que mantiene bien arraigada la cultura de sus ancestros, que se refleja en la belleza de las mujeres Himba que saben adornar sus cuerpos y sus cabellos con una mezcla de ocre y grasa con el que se engalanan. Las mujeres Herero, en cambio, se visten con la misma elegancia con la que un occidental descubre el colorido de las prendas con que las mujeres africanas, en general, se visten y tocan sus peinados. En este caso imitando la moda Victoriana que en un tiempo admiraron y que han mantenido en su imaginario.

A África se va para sentir y observar en primera persona que los grandes animales que hemos visto en tantas películas y documentales existen. En Namibia encontramos jirafas y búfalos, leones y elefantes que compiten en belleza con el rinoceronte negro y que corren libres por el que un día fue la mayor reserva de animales salvajes del planeta. Hoy es un parque natural fascinante que contrasta con las arenas inertes pero voluptuosas y seductoras del Desierto del Kaoko y de Namibia. Las sabanas del Kalahari y más allá, el Fish River Canyon, que rompe y rasga el paisaje formando uno de los cañones más largos y profundos del planeta.

Flickr.com

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Cuando uno aterriza en Windhoek, la ciudad fundada por alemanes en los primeros años del Siglo XX, uno se sorprende por el urbanismo, que lejos del concepto que guardamos de una urbe africana, observa un trazado más europeo y ordenado. La Christuskirche celebra los oficios cada domingo y el Tintenpalast, el parlamento, rodeado de palmeras y árboles centenarios es uno de los más asentados del continente desde que Sudáfrica renunció al control que le legó la ONU. Katutura es el reino de las chabolas hechas con chapa donde vive el alma de Windhoek. En Joe’s Beerhouse se puede beber buena cerveza y probar carne de especies exóticas que jamás habrá probado.

Para llegar a la costa existe un tren de nombre sugerente Dessert Express y que derrocha lujo, en el que viajan los locales pudientes y los sudafricanos que llegan hasta Swakop, un atractivo puerto de mar, que recuerda vagamente Baviera; para pasar sus vacaciones. Un urbanismo germánico, cuidado, impecable, limpio, un oasis que uno no espera encontrar en África. Para comer, tanto en 22 degrees como en Jetty; se puede disfrutar de ostras y pescados fresquísimos, acompañados, como no, de buena cerveza; y disfrutarlos en las terrazas que el primero tiene bajo el faro y el segundo en el ‘pier’ sobre el mar.
Para dormir en Winhoek, el hotel Heiniztburg, situado en lo alto de una colina con buenas vistas sobre la ciudad. En Swankop, el hotel Hansa, un cuatro estrellas de estilo colonial y atractivo.

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