Dublín es una cuidad de contrastes, de cielos húmedos y nublados que en un instante cambian a intensos y limpios azules. Parques verdes, ríos y canales. Es cerveza y whisky. Es pasión por el deporte autóctono y el rugby. Es devoción por los santos a los que se consagró la ciudad y las numerosas iglesias de piedra negra cuyas torres emergen por encima del resto.

Son fachadas de ladrillos oscuros y apagados, pero de puertas, maderas y ventanas pintadas en vivos y chillones colores que contrastan con nuevos edificios de cristal que renuevan la ciudad. Es una larga saga de escritores y poetas, pero también de pubs y pintas de cerveza ‘stout’.

Foto Capriles

Es vivir con una Guinness en la mano, símbolo e icono de la ciudad que, incluso dio su escudo a la nación. Dublín es agua, es el río Rifley que riega la acogedora zona de Temple Bar, y los puentes, como el Samuel Beckett de Calatrava, que unen las dos orillas. Estatuas por doquier que reconocen el legado de sus autores egregios: Joyce, Shaw o Beckett y Wilde, socarrón y divertido contempla el mundo; y la joya por excelencia, la sobrecogedora biblioteca del Trinity College.

Es gente con pasión, casi latina, que vive con emoción contenida los deportes autóctonos como el Hurling; desconocido en otros lugares, pero una religión aquí. Un deporte rápido y fuerte como pocos y en el nadie cobra, ya que todos los ingresos se destinan a dotar de canchas y escuelas deportivas a los barrios.

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Pasear por el centro de Dublín es peregrinar de pub en pub, de los que pocos, apenas una docena, conservan el estilo Victoriano que les vio nacer. Amplias barras de madera y una decena de grifos de cerveza, entre las que repite la omnipresente Guinness. Pintas de color rojo intenso de la variedad Stout por las que el irlandés en general y, el dublinés en particular sienten una irreverente devoción. En Dublín la Guinness no es solo una cerveza, es una forma de vivir y de relacionarse con la gente, es una forma de ganarse la vida ya que en tiempos era la mayor industria del país. Dicen que la mejor pinta de Guinness stout, se sirve en Toner’s, donde emplean más de dos minutos para servirla con su característica fina capa de crema.

The Chapter one, un estrella Michelin, cocina artesana, inspirada en los paisajes de la isla. Su formación junto a Adriá le marcó e indujo a utilizar nuevos productos, trabajar texturas y agregar y potenciar sabores jugando con las especias que probó en Londres. Una salchicha especial con chirivías, sabores y texturas complejas; un lomo de ciervo con puré y verduras, que potencia su sabor con una dosis de pimienta y especias, fantástico.

The Bank, es el local de moda en Dublín. El bar del año durante varias temporadas seguidas, el sitio para ver y ser visto en la noche dublinesa. Amplio, diáfano, elegante; de mármoles y techos de mosaicos labrados. Buena cocina informal y cervezas en la parte de abajo. El piso superior es para cenar sentado. En este caso una tarrina de buen pate de oca y un plato de linguini con langostinos frescos pescados en la bahía de la ciudad.

The Candem Exchange, comida callejera en un local cerrado en el que han habilitado una vieja furgoneta Citroen como cocina. Platos representativos del mundo, firmados por el chef Paul McVeigh que crea una carta ecléctica, como los tacos de merluza, humus, o un cordero estilo marroquí.

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