Como a la mayor parte de las islas Cicladas, la vista de postal que se percibe cuando se llega en barco a Santorini, epata, no tiene precio. El ferry se adentra en la laguna, tranquila y quieta, un enorme cráter con forma de luna en cuarto creciente que da paso a una paleta de colores en los que el blanco de las fachadas que acumuladas como un montón de terrones de azúcar, resalta sobre los azules cobalto de las cúpulas de las iglesias ortodoxas. Acantilados escarpados contrastan con las playas volcánicas, de arena negra y de una belleza incomparable. Fira, su capital, cuelga en altura sobre el puerto desafiando la gravedad.

Santorini es una isla forrada de lava, un punto oscuro sobre un mar azul que degrada su color según se acerca a la costa, hasta hacerse transparente. Sobre la orilla descansan pequeñas barcas de pesca mientras otras se balancean rítmicamente suspendidas sobre una mar de cristal, inapreciable. Las casas de sus pueblos son pequeños volúmenes blanqueados por la cal que pinta las fachadas de un blanco fulgurante; puertas y ventanas de un color tan intenso que compite con el cielo siempre azul. Molinos y capillas se elevan por encima del resto. Las campanas redoblan aumentando el encanto de Santorini.

Foto: Iconic Hotel

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Si tuviéramos que describir la isla en una sola palabra, la definiríamos como “colores”, que se multiplican cuando cae la tarde con los anaranjados que emulan el fuego intenso de las puestas de sol más maravillosas. Acuda a Imerovigli y disfrute de este espectáculo natural desde uno de sus cafés. El otro lugar estratégico de la isla, es la capilla de Profitis Llias, el punto más alto de la isla, que ofrece unas vistas extraordinarias sobre el Egeo y las islas más cercanas de nombres inpronunciables: Sikinos, Folegandros, Amorgos, Paros y Naxos.

Foto: Iconic Hotel

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Contra lo que pudiera parecer y aunque estemos acostumbrados a las playas de arena blanca de nuestras costas, las de Santorini, formadas por grava negra, son de una belleza singular incomparable. En Akrotiri, una playa negra con tonos rojizos, otras destacan por el contraste entre las peñas blancas sobre la arena negra y todas ellas se refrescan con una suave brisa que sopla constante. La playa de Kamari y las de Perissa, Perivolos y Agios Georgios, que en realidad se extienden una tras otra, creando una larga y extensa lengua de playas, rocas y animados bares.

Catedral Católica. Foto: Trans World pro Flickr.com

Catedral Católica.
Foto: Trans World pro
Flickr.com

Fira, la capital, es una pequeña villa recorrida por una red de pequeños callejones, calles empedradas, típicas tabernas con sencillas terrazas, pequeñas tiendas de artesanía y restaurantes en los que comer un pescado inmejorable. Cuando el barco atraca en el puerto, la mayoría utiliza burros o sube en funicular, sólo unos pocos suben a pie los más de 500 escalones hasta llegar al centro de Fira. Sorprende el contraste de la bellísima catedral católica de San Juan Bautista, torres blancas, amarillos y azules, la hacen una de las construcciones más bellas de la isla con el blanco pulcro de la catedral ortodoxa, sobre el acantilado.

Iconic Hotel

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Para desayunar, buen café, un yogur griego mucho más cremoso, natural y auténtico que los que anuncian en la tele, pan artesanal con aceite y algo de fruta, en alguna taberna asomada al mar. Les proponemos una excursión a pie hasta Oia, sobre los acantilados, para comer en Dimitris, directamente sobre el mar que casi salpica las mesas: Buen pescado acompañado de un buen vino local, ensalada de tomate y queso local. Para cenar en el Mystique Hotel, también en Oia. En su restaurante al aire libre, al borde del acantilado, se cena el mejor marisco, mientras se pone el sol. Para dormir, una recomendación: el Iconic Hotel en Imerovigli, un placer.

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