Islandia es una isla suspendida sobre el océano a medio camino de dos continentes. A cinco horas de vuelo de Nueva York y a tres de Londres, Islandia es un territorio que parece pertenecer a otro mundo. Un paisaje de hielos y géiseres, volcanes y aguas termales, glaciares y fuego, lava y prados. De noche, cuando el sol se oculta tras la línea del horizonte, el cielo se abre y rasga en un espectáculo que asombra para alumbrar con el resplandor luminiscente y extraterrestre de las luces de la aurora boreal.

Una tierra aislada del resto del mundo que sin embargo o precisamente por ello, da a luz gente confiada y amable, cercana y familiar, de carácter recio para afrontar las condiciones de un paisaje que se muestra agreste y duro, pero de una belleza apabullante. Una tierra de ecosistemas puros que mantienen la huella y la esencia tal y como algún día debió de ser el planeta Tierra. Por algún motivo que desconocemos aquí, el planeta Tierra sigue vivo. Los volcanes rugen y expulsan lava. Sus glaciares cubren de blanco una gran parte del territorio.

Foto Giusepppe Milo, Flickr.com

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Islandia es un contraste natural en el que las lagunas de aguas, frías, puras y limpias contrastan sus azules profundos con los suaves tonos azulados que refleja el hielo. Las oscuras arenas de origen volcánico, contrastan con el tono verde que ofrece una forma de viajar diferente, que aún guarda la esencia del auténtico viaje, de esos que se hacían antiguamente a lugares, paisajes y culturas desconocidas, nada que ver con los programas diseñados para un turismo travestido por la globalización. Tierra abrupta e indómita, dura, se muestra tal y como es si se atreve a recorre la isla a través de la Highway 1.

La despensa de Islandia se nutre del maravilloso pescado procedente de sus caladeros, los mejores de Atlántico norte, cuya tradición elaboraba ahumada para alargar su conservación o curada en el caso de las carnes. “Eina med ollu”, esta es la expresión local para pedir un perrito caliente cubierto de cebolla crujiente, mostaza dulce, una ligera salsa de curry y ketchup. En la capital, elija Dill, uno de los restaurantes que abandera la nueva cocina del país. Menos es más. Platos elaborados con muy pocos ingredientes locales, a pesar de lo cual, consiguen efectos brillantes.

Foto Ángel Nieto, Flickr.com

Foto Ángel Nieto, Flickr.com

Si Islandia es un viaje de aventura y naturaleza, no debe dejar de visitar su capital Reikiavik, que aunque pueda parecer anodina para un latino sin embargo tiene locales animados como Micro Bar, en donde reunirse a beber cerveza local. Gaukur a Stong, dicen que es el local más antiguo de la ciudad, donde además dan buenos conciertos de música. Reikiavik es una capital modesta, su monumentalidad dista mucho de los pomposos edificios que podemos contemplar en el viejo continente. Todo está hecho a escala y dimensión humanas. La iglesia luterana Hallgrímskirkja se eleva como un nave que apunta al cielo. Harpa es un centro de convenciones y conciertos formados por espectaculares hexágonos que cambian su tonalidad con la luz del día. El Sun Voyager, es un homenaje a los primeros navegantes de la isla, una escultura de acero que proyecta su proa hacia el Atlántico.

Foto Ron Kroetz Flickr.com

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