Tras el reciente cambio de régimen, Gambia vuelve a ser la Costa Sonriente de África.

Gambia es una pequeña franja de terreno asomada al Atlántico en la costa occidental del gran continente africano. Apenas una brecha que se extiende a ambos lados del río que da nombre al país y por cuyo cauce asciende siguiendo los meandros del curso medio hasta que penetra en Senegal.  La Costa Sonriente de África no es sino el reflejo fiel de sus gentes que, con muy pocos recursos, regalan lo único que tienen ¡su eterna sonrisa! Un país en el que la gente vive sin prisas, donde saludar al extraño es parte de una cortesía debida al visitante y donde la amistad se traba y surge tras un somero intercambio de palabras.

Foto Capriles

Gambia es un país de contrastes, de grandes lluvias y consecuentes verdes, pero de terrenos secos y parduzcos el resto del año; de escasos matorrales pero inabarcables baobas y exuberantes mangos que dan largas sombras y que sirven como plazas y punto de reunión de los mayores en cada pueblo. Árboles que han sido testigos omnipresentes de la particular historia de la tierra de donde junto a otros muchos en el siglo XVII, fue arrancado Kunta Kinte, triste símbolo de su pasado.

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A pesar de ser un oasis de paz y armonía en la zona, una gran parte de su juventud se pone en manos de mafias que juegan con su esperanza de escapar hacia una Europa de futuro incierto, pero futuro al fin y al cabo. Es un país de profundos y llamativos colores, de mujeres de inigualable elegancia y porte arrollador que envuelven sus cuerpos en telas de vivos colores y tocados con los que adornan su cabeza. Hombres musculados y fibrosos, musulmanes de largos blusones y chilabas contrastan con otros de estética reggae.

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Banjul, es la pequeña capital administrativa y Serekunda es más caótica y real. Toda la vida transcurre entorno de los arcenes de la única carretera asfaltada que articula la ciudad. Cientos de puestos callejeros, uno tras otro y donde se vende y regatea con casi cualquier objeto: telas de vivos colores, menaje, puertas de madera y herreros que conviven uno al lado del otro con fabricantes de camas y puestos de comida, carretillas ambulantes que sirven café dejan paso a un pequeño carro arrastrado por un burro, mientras las  furgonetas hacen sonar el claxon y viajan atestadas de pasajeros algunos de los cuales cuelgan del estribo en un difícil equilibrio, para llegar de un lugar a otro.

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Tanji es un asombroso y colorido pueblo pesquero, que aglutina numerosos ahumaderos de pescado de penetrante olor. Sobre su playa estalla la fascinante luz de África. Cientos de kayukos de vivos colores esperan en la orilla para adentrarse en el océano hasta tres veces al día y arribar horas después cargados de pescado. En la orilla aguarda un verdadero enjambre de personas. Decenas de jóvenes porteadores cargan en sus cabezas cubos repletos de pescado. Las mujeres clasifican en carretillas los arenques, las sardinas y otras especies que venden en una improvisada lonja sobre la arena. Más allá, preparan el pescado en pequeñas parrillas sobre el fuego. Mientras, cientos de gaviotas sobrevuelan la zona.

Albert Market  Foto Capriles

El Albert Market, en Banjul, la capital, es una impactante demostración de lo que es África en general y Gambia en particular. Sumergirse en las ocho intrincadas callejuelas que albergan un mercado de exóticas frutas tropicales que crecen espontaneas: mangos exquisitos, bananas, cocos, esplendidas lechugas y pimientos potentes y picantes, son la cara amable del mercado y aportan variedad y color. Sacos de especias y cereales, aseguran el sustento básico de la sonriente gente de Gambia. Un puñado de carnicerías con apenas unas piezas de carne, y algunas vísceras sobre el mostrador, compiten con las pescaderías que muestran imponentes pero solitarias barracudas.

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