La panamericana es la gran obra de ingeniería civil que une todo un continente. La mítica carretera que atraviesa América, de norte a sur y desde Alaska a Tierra del Fuego. Es sin ningún lugar a dudas, la gran ruta que todo viajero tiene en su debe hasta que conduce por la que probablemente es la madre de todos los viajes por carretera.

En este caso, recorrimos tan solo un pequeño tramo de la misma, hecho que no le resta un ápice de emoción al encanto de saber que estás siendo parte del paisaje artificial más grande del mundo. Saliendo de Quito, se atraviesa el paralelo 0, que divide el mundo en dos mitades; para conducir hacia el sur y descubrir el gran mercado indígena de Otavalo.

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En esta latitud, la panamericana, es una carretera cómoda, serpenteante, que asciende y desciende entre nieblas y exuberante vegetación. Dejamos la cumbre de casi 6 mil metros del volcán Cayambre a un lado.  Entre quebrados, valles y llanuras, por la cuneta discurría un incesante río de gente tocados con los sombreros característicos de cada etnia y cubiertos de ponchos de llamativos colores, que caminan hacia la capilla de Jesús Quinche, en una gran peregrinación que les ocupa más de 1 día. Mientras, autobuses de colores chillones, incluso estridentes, nos adelantan.

A la salida de cualquier curva, en cuanto la carretera se extiende 500 metros; a ambos lados de la misma, aparcan camiones que venden las mejores frutas del mundo que crecen en un paraíso bendecido por la Pachamama.  Deténgase en  el arcén a comprar mangos, de los que conocemos aquí, dulces y carnosos y, de los que allí llaman ‘de chupar’, muy ricos y frescos. Se les hace una incisión y apretando se chupa toda la pulpa. Aguacates en su punto, tomates de rama, una fruta con la que se hacen jugos (zumos) muy apreciados. De cuando en cuando, pequeños chamizos que, a modo de apeaderos asan cerdos enteros con la piel muy curruscante para en grandes porciones servir de plato principal a camioneros y gentes que van y vienen de viaje.

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Al fin y tras ascender una pequeña loma de la carretera, se despliega azul y pulido como un espejo el gran lago de San Pablo en donde se reflejan las montañas colindantes que anuncian Otavalo.

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El mercado indígena es insospechado para nuestros estándares. Es mágico, bullicioso y colorista; animado, ruidoso y encantador. En definitiva es una gran muestra de lo especial, rico y variado que es esta tierra. Patatas de más de 300 variedades, aguacates, tomates y verduras que desbordan los mostradores improvisados, que apenas dejan unos pasillos estrechos y abarrotados de gente entre los que es difícil abrirse paso. Vendedores ambulantes que se abren paso a gritos anunciando tal o cual producto que llevan cargados en sus espaldas.

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Y en el centro del mercado, rodeado de puestos de abastos, pequeños chiringuitos, cocinas abiertas, con enormes pucheros en los que se guisan caldos y comidas contundentes que calman el hambre de cuantos allí se sientan a comer. Arroces blancos, con frijoles huevos y sangre de res; la apreciadísima sopa de gallina con las patas del ave intactas y las garras hacia arriba esperando ser chupadas para obtener toda su esencia y sabor.

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